domingo, 15 de febrero de 2009

Poemas (3): Amy Lowell

Donde reina el amor, sobran las leyes (Platón).
¿Qué tal pasasteis el día de Santa Valentina? Nosotras salimos a cenar con otra pareja, nuestras queridas amigas Es y Bb. Con Es milité hace muchos años, cuando ambas éramos universitarias y pertenecíamos a un colectivo feminista… Qué tiempos aquellos… Bb es su maravillosa mujer, y ahora también nuestra amiga. Por cierto que es una de las dueñas del café-bar Alqamaru, un local celestial en el madrileño barrio de Malasaña donde puedes tomarte algo (algo delicioso) y disfrutar de un lugar cómodo y que se nota que lo llevan con mucho cariño. En fin, ya sabéis que yo en mi blog no hago propaganda, así que si os lo cuento es porque merece la pena que lo conozcáis.
Pues eso, que estuvimos cenando con ellas en un restaurante de inspiración africana de Chueca, el Kim bu mbú, y luego disfrutamos de una actuación de Elvira Durango, así que, como veis, nuestra noche no estuvo nada mal.
***

Siguiendo con mi serie de poemas románticos y adecuados para estas fechas, hoy quería daros a conocer, si es que no habéis escuchado nunca hablar de ella, a la poeta estadounidense Amy Lowell (1874-1925), de la escuela imaginista (es decir, la que buscaba poder expresar las imágenes con el lenguaje más claro y preciso que fuera posible) a la que también pertenecieron, entre otras figuras literarias, H. D. y Ezra Pound (con quien Lowell se peleó bastante porque a Pound, en resumidas cuentas, le fastidiaba que no se sometiera a sus estrictas reglas imaginistas).
Amy Lowell pertenecía a una familia muy rica de Massachussets, pero no le fue permitido estudiar en la universidad por el hecho de ser mujer. Intentó compensar su falta de educación leyendo ansiosamente todo lo que pasaba por sus manos y convirtiéndose en una obsesiva coleccionista de libros (hermana, no sabes cómo te comprendo). Dado que tenía dinero, también pudo viajar todo lo que quiso por el mundo. Fue abiertamente lesbiana, con conocidas amantes como la poeta y dramaturga Mercedes de Acosta o la actriz mormona Ada Dwyer Russell, su compañera hasta el final de sus días, cuando murió a causa de una hemorragia cerebral con tan solo 51 años.
Recibió el premio Pulitzer de forma póstuma, un año después de su muerte. Desde entonces y hasta los años setenta, momento en que fue rescatada por el movimiento feminista, el mundo la relegó al olvido.
Sus poemas más celebrados son tanto los de temática antibelicista como los de amor lésbico, de entre los cuales rescato este Intermedio traducido por Marta Porpetta (El jardín de Sevenels, ediciones Torremozas, Madrid):
INTERMEDIO
Cuando haya horneado blancos pasteles
y rallado almendras verdes para cubrirlos;
cuando haya quitado los verdes rabitos de las fresas
y las haya apilado en una fuente azul y amarilla,
cuando haya alisado las arrugas de la mantelería
en la que he estado trabajando…
¿entonces, qué?
Mañana será lo mismo:
pasteles y fresas,
y agujas dentro y fuera de la tela.
Si el sol es hermoso sobre los azulejos y los estaños,
cuánto más hermosa es la luna,
reclinándose en las rizadas ramas del ciruelo;
la luna,
ondulando en un lecho de tulipanes;
la luna
inmóvil,
sobre tu rostro.
Tú brillas, Amada,
tú la luna.
¿Pero cuál es el reflejo?
El reloj está dando las once.
Pienso que cuando cerremos la puerta,
oscura será la noche
afuera.

5 comentarios:

Rosa Silverio dijo...

Hola,

Me ha gustado mucho el poema. No conocía a Amy Lowell pero sin duda que voy corriendo a buscar más sobre ella en la red y a buscar sus libros en la librería.

Este es uno de los blogs que hacen que uno se pregunte: "¿Por qué no lo descubrí antes?"

Muchos saludos.

marga dijo...

muy interesante, no la conocía

gracias

Anónimo dijo...

Uno de mis poemas favoritos (aunque esté escrito por un hombre), que por cierto sale en una de mis pelis de mujeres favoritas:

CUANDO ESTÉS VIEJA Y GRIS Y SOÑOLIENTA...

Cuando estés vieja y gris y soñolienta
y cabeceando ante la chimenea, toma este libro,
léelo lentamente y sueña con la suave mirada
y las sombras profundas que antes tenían tus ojos.

Cuántos amaron tus momentos de alegre gracia
y con falso amor o de verdad amaron tu belleza,
pero sólo una persona amó en ti tu alma peregrina
y amó los sufrimientos de tu cambiante cara.

E inclinada ante las relumbrantes brasas
murmulla, un poco triste, cómo escapó el amor
y anduvo en las cimas de las altas montañas
y entre un montón de estrellas ocultó su rostro.

William B. Yeats

¡ASTUTA TORTUGA DE TIERRA!
Besos,
Audrey

Hester Prynne dijo...

¡Me encanta el poema, Audrey! Muchas gracias por descubrirmelo, ¡¡¡astuta tortuga de tierra!!!

dintel dijo...

No la conocía. Ahora ando metida con Hildegarda.