lunes 9 de noviembre de 2009

Bolloconsejillo nº 2

No debe de ser tan hetero si te gusta...

domingo 8 de noviembre de 2009

Bolloconsejillo nº 1*

No te acuestes con una hetero que quiera experimentar… ¿acaso ellas han hecho alguna vez eso por nosotras?

*Inauguro una sección cuyo único fin es reírnos un rato... ¿O pretendo algo más?

domingo 1 de noviembre de 2009

Los periódicos que no amaban a las mujeres

Los feminismos se enfrentan a la idea de que un grupo de personas tiene derecho a imponer la definición de realidad a otras (Liz Stanley y Sue Wise)

Las mujeres españolas –por hablar de lo que conozco, aunque no es muy difícil suponer que en gran parte del mundo sea igual- no tenemos ningún periódico que nos represente. Los diarios están escritos en su mayor parte para hombres –salvo las páginas dedicadas al cuidado personal- y nosotras los leemos pasando por alto todas las afrentas que invaden sus páginas, porque, qué remedio nos queda... Desde el machacón “la mujer esto y lo otro” (¿cómo que “la mujer”? ¿es que estamos todas cortadas por un mismo patrón? ¿tanto os cuesta decir “las mujeres”?) hasta los anuncios de contactos (“contactos”, eufemismo de “prostitución”, con la que no solo se llevan dinero los mafiosos y los chulos sino también los periódicos nacionales de mayor tirada), pasando por el escaso número de colaboradoras y la poca importancia dada a los asuntos que nos conciernen (¿sabíais, por ejemplo, que cuando hay un artículo sobre los ataques al corazón solo hablan de los ataques al corazón que sufren los hombres, pues los de las mujeres tienen síntomas muy distintos?), los feminismos solo han llegado a la prensa en migajas por las que se espera que estemos satisfechas.

Los domingos suelo comprarme El País, aunque hoy me he planteado seriamente dejar de hacerlo de una vez por todas, pues en los últimos tiempos creo que está haciendo que me siente mal el desayuno. Creo que en estas perezosas mañanas que anteceden al caótico lunes voy a optar por comprarme revistas de cocina. Me encantan y siempre me ponen de buen humor.

En fin, hagamos un repaso a todas las perlas con las que me he encontrado hoy en un periódico que presume de progresista:

-Un artículo titulado “Cocaína, transexuales, chantajes y vídeos en la Italia de Berlusconi”. El mismo título, que iguala a los transexuales con la cocaína y los chantajes, indica lo que leyendo el artículo se descubre enseguida, que es un escrito profundamente tránsfobo.

-Un artículo en defensa del violador Roman Polanski escrito –bastante mal y con argumentos demasiado enclenques, por cierto- por el autor francés Bernard-Henri Lévy y anunciado a bombo y platillo en portada.

-Anuncios de “contactos” en los que se pueden leer frases tales como “chicas inolvidables nuevas”, “chicas Hong-kong 19 años” o “universitaria cariñosa y muy guapa”.

-La portada del suplemento dominical dedicada en exclusiva al diseñador Karl Lagerfeld, famoso por declarar cosas como que está a favor de utilizar mujeres extremadamente delgadas en los desfiles, que quienes las critican es por pura envidia, que la revista alemana Brigitte –la cual ha optado recientemente por utilizar mujeres normales y corrientes en lugar de anoréxicas- debería emplear únicamente a modelos profesionales y que “nadie quiere ver mujeres curvilíneas”, citando sus propias palabras. Con H&M dejó de trabajar porque no quería hacer tallas mayores que la 38 y de la modelo Heidi Klum ha comentado que está demasiado gorda para las pasarelas… Pero no pasa nada, El País le dedica un extenso reportaje en el que resalta su excentricidad y su pasión artística.

-Un publirreportaje a toda página de cirugía estética “contra la grasa antiestética” que permite “remodelar la silueta, reducir la celulitis y atenuar la flaccidez” y que “además de destruir la grasa que causa desagrado, provoca una contracción en la piel”.

-Y por supuesto, que nunca falle, la columna del escritor Javier Marías, famoso antifeministas y machista recalcitrante (como muestra, este artículo de su amigo Pérez-Reverte y su contestación).

Y sí, luego otro artículo sobre prostitución, uno sobre los burdeles chinos de Soledad Gallego-Díaz, otro sobre violencia de género, otro escrito por Esther Tusquets… muy bien, pero no se trata de compensar machismo con feminismos, pues no son opuestos. El uno tiene que ver con la opresión del 50% de la población del mundo, ya sea por métodos sutiles o abiertamente discriminadores, mientras que los segundos tienen que ver con responder a estas agresiones y luchar por la dignidad.

En fin, lo mismo que me ha pasado hojeando El País al haberme topado con estas joyas que os he enumerado, me podría haber ocurrido con cualquier otro periódico… Lo dicho, la prensa no nos quiere y tendremos que sacar nosotras, como siempre, las castañas del fuego y empezar a pensar en publicaciones alternativas para personas que no quieren ser cómplices de ese crimen tan atroz llamado machismo.

¡Son buenísimos para limpiar los cristales o envolver las cosas pequeñas en las mudanzas!

miércoles 28 de octubre de 2009

Charlotte Turner

Claro que dios creó al hombre antes que a la mujer. Uno tiene que hacer un borrador antes de realizar la obra maestra. (Anónimo)

Hoy hace doscientos tres años que murió la poeta y novelista inglesa Charlotte Turner (1749-1806), quien ejerció una importante influencia en los escritores románticos (aunque apenas se la menciona cuando se estudia este periodo, menuda novedad).

Cuando tenía tan solo quince años, la autora fue obligada a casarse con Benjamin Smith, definiendo ella misma su matrimonio como “una forma legal de prostitución”. Fue maltratada por él física y psicológicamente. Este lamentable personaje con el que se había casado, hijo de un rico mercader de la India, pronto se descubrió como un estafador que acabó en la prisión de morosos –descrita en muchas novelas de Charles Dickens, pues el padre de éste fue encarcelado en la de Marshalsea-, siendo entonces cuando ella se dedicó a escribir para mantener a sus doce hijos, convirtiéndose en una de las figuras literarias más populares de la Inglaterra del siglo XVIII. Contribuyó con sus poemas al renacimiento del soneto, en desuso desde el siglo XVI, y fue muy admirada por poetas tan importantes como Wordsworth o Coleridge. También escribió novelas de estilo gótico.

Apasionada de la Revolución Francesa –aunque crítica con la virulencia de esta- y de Mary Wollstonecraft, autora de Vindicación de los derechos de la mujer, su casa llegó a convertirse en un refugio de intelectuales radicales.

Un famoso –y largo- episodio de la vida de Charlotte Turner fue un juicio que duró nada más y nada menos que treinta y seis años y en el que parece que se inspiró Charles Dickens para su novela Casa desolada. Sabiendo lo buena pieza que era su hijo, su suegro le dejó a ella una gran fortuna que la autora nunca llegó a disfrutar porque fue demandada por Benjamin Smith, su marido, quien quería quedarse el dinero de su padre. Charlotte Turner tuvo que gastarse todo lo que tenía en este juicio, que no fue visto para sentencia hasta 1813, siete años después de que ella muriese en la pobreza y con mucho miedo de acabar también en la prisión de morosos.

Stuart Currant, editor de los textos de Charlotte Turner, ha dicho de ella que es “la primera de todos los poetas ingleses que, en retrospectiva, puede considerarse romántica”. A mediados del siglo XIX, Charlotte Turner empezó a ser olvidada. Afortunadamente, desde finales del siglo XX sus textos vuelven a estar al alcance de todo el mundo gracias a las reediciones promovidas por académicas interesadas en la historia de las mujeres, la novela gótica y social y los estudios postcoloniales.

Con esta pincelada a lo mejor se despierta también el interés de otras personas que aún no conocían a esta prolífica e importante autora.

sábado 24 de octubre de 2009

Lo que ha pasado hoy

El único signo de superioridad que conozco es la bondad (Beethoven)

Hoy a mi bruja le han hecho la primera parte de la in vitro, es decir, después de un periodo de hormonación (la pobre se ha tenido que pinchar todos los días), le han extraído los ovocitos mediante punción para fecundarlos en el laboratorio y volvérselos a transferir cuando sea el momento (en dos o tres días). Para más información acerca de la fecundación in vitro, podéis leer esto. Es la técnica reproductiva estrella, a la cual hemos recurrido tras cinco intentos de inseminación artificial con resultado negativo. No queríamos llegar a este punto, pues el proceso de maternidad se medicaliza demasiado, pero nuestro deseo es tan grande que ha podido con todo, incluso con el desánimo y la congoja que entran a veces por llevar intentando durante ya un año lo que para otra gente es tan sencillo.

El hospital privado donde le han hecho la extracción de ovocitos, una intervención sencilla para lo cual, no obstante, ha recibido sedación profunda, pertenece a la clínica de reproducción asistida donde estamos recibiendo el tratamiento desde el primer momento. En esta clínica todo el mundo nos trata con cordialidad, como debe ser, y nuestra doctora es realmente encantadora. En el hospital, en cambio, el trato recibido hoy me ha dejado bastante triste. A lo mejor os parece una tontería, pero yo, hipersensible como soy a veces, lo que peor llevo es que me hablen mal y que me discriminen. Buf, es que me quedo varios días con un nudo en la garganta… la gente me ve muy combativa y muy activista, pero quien me conoce de verdad sabe que tras la fachada reivindicativa hay una llorona que no entiende por qué no siempre sale amor del amor y por qué a la gente se le olvida respetar o cuidar, cuando el respeto y el cuidado deberían regir nuestras vidas.

Los padres de mi bruja nos llevan al hospital porque yo no conduzco y ella no puede hacerlo tras la intervención, pues estará dolorida y sedada. Mi niña entra en quirófano y yo la miro alejarse, tan valiente ella, y le juro una vez más para mis adentros amor eterno. Me quedo en la sala de espera con mis suegros y una decena de personas más. Es en estos lugares donde tengo la ocasión de hojear el ¡Hola! y reforzar mi fervoroso republicanismo, pero esta vez lo único que puedo hacer es morderme las uñas e intentar responder coherentemente a la conversación de mis acompañantes.

Al cabo de media hora, la puerta del quirófano se abre y una enfermera dice con una voz potente:

--¿EL MARIDO DE BRUJA?

Yo me levanto y digo con una sonrisa, pero con firmeza:

--Soy yo. Soy su mujer

Todo el mundo en la sala de espera nos observa y yo me pongo como un tomate, pero ella parece no haberme comprendido, porque me mira y vuelve a decir:

--¿EL MARIDO DE BRUJA?

--Soy YO. Su MUJER. –insisto, ahora sin la sonrisa y con más firmeza mientras me acerco a la puerta del quirófano.

La enfermera vuelve a mirarme.

--Espere aquí –me dice, sin por favor ni nada. Y me cierra la puerta en las narices.

Pasan cinco minutos, diez, quince… ¿Qué ocurre? No puedo entenderlo. Sale otra enfermera distinta del quirófano y digo:

--Perdone, es que han llamado al "marido" de Bruja, les he dicho que soy yo, que soy su mujer, y ya no sé nada más… ¿ella está bien?

--Ah, claro –me responde con una risita-. Es que esperábamos a un marido, perdona… Si ella ya lleva un rato lista para irse, está esperando a que alguien la recoja.

Me hace pasar. Detrás de la puerta del quirófano hay un descansillo con un cuarto de baño y otra puerta abatible. La enfermera la cruza tras pedirme que aguarde allí mismo, que va a decirle a mi bruja que ya estoy allí. Yo me quedo pensando: ¿cómo que ya estoy aquí? Siempre he estado aquí. Y además, ¿por qué demonios asumen que mi bruja va a tener un marido, si deben tener un porcentaje bastante alto de pacientes lesbianas? Alucino…

Pasan cinco minutos, diez, quince… No entiendo nada. Sale la primera enfermera, la que vociferaba preguntando por el marido de mi bruja. Le explico la situación y me mira como si estuviera loca.

--¿Bruja? ¡Pero si se ha ido hace media hora! Se ha cambiado en este cuarto de baño, ¿es que no la has visto pasar?

Le aseguro que no ha podido pasar por allí, que ni sus padres ni yo nos hemos movido. La enfermera, erre que erre, como si yo no estuviera en mis cabales. Le ruego que vaya a mirar al quirófano y me jura y perjura que allí no está, que ella misma le ha hecho la cama cuando se ha marchado.

--¡Pero cómo no la has visto, si se ha cambiado en este mismo baño! -me repite.

¿Habré perdido la cabeza?, me pregunto. Me asomo a preguntarles a mis suegros si la han visto. Claro que no, me responden. Y se acercan preocupados. La enfermera, a quien no le da la gana mirar otra vez en el quirófano, nos dice que se habrá ido a la cafetería a desayunar, que hay una salida por el otro lado del quirófano, que será por allí por donde se habrá marchado. Yo le intento explicar que es completamente impropio de mi bruja irse a desayunar tan campante, o a cualquier otro lado, sin avisar a sus padres ni a su mujer, que la han acompañado al hospital y la esperan ansiosos.

Llega la segunda enfermera y se dirige a mí:

--¿Tu hermana lleva un pañuelo negro al cuello?

La miro con incredulidad. ¿Pero no le he dicho antes que soy su mujer?

--No es mi hermana –le digo-. Estamos casadas.

Se encoge de hombros, como diciendo que tampoco es para que me ponga así.

--Bueno, ¿lleva un pañuelo o no?

--No sé –respondo. Estoy tan nerviosa que no me acuerdo ni de cómo iba vestida ni de nada más.

Empiezo a preguntarme si la sedación habrá afectado a mi bruja y andará deambulando por ahí, enajenada. También barajo la posibilidad de que se haya desmayado por algún rincón. Por la cara de sus padres, me doy cuenta de que ellos están pensando las mismas cosas, o algo peor.

Nos recorremos todo el hospital, vamos a la cafetería, salimos a la calle, al coche… ni rastro de mi bruja.

Desesperada, decido ir a la clínica donde nos tratan normalmente, que está enfrente del hospital. Es mi último recurso antes de llamar a la policía –para contarles, ¿qué?-, tal vez la hayan mandado allí a recoger algunos papeles, no sé, no se me ocurre otra explicación… Le digo a mis suegros que me esperen en la puerta del hospital. Justo cuando voy a cruzar la calle, la madre de mi bruja me grita:

--¡Hester! ¡Está aquí!

Mi bruja está saliendo del hospital con expresión confusa. Yo me vuelvo y no puedo evitar ponerme a llorar.

--¿Pero dónde estabas? –le preguntamos los tres a la vez. Yo entre hipidos.

Ella titubea. Aún está algo sedada y dolorida, como es normal.

--En el quirófano, en la camilla, ¿por qué? ¿Y qué hacéis que no estáis en la sala de espera?

Efectivamente, mi bruja no se había movido de allí y esas malnacidas, que probablemente la confundían con otra paciente cuando insistían en que se había marchado, ni se dignaron a comprobarlo, pese a que yo les repetí varias veces su nombre y sus apellidos.

Mi suegro bajó a regañarlas, pero claro, no mucho, porque todavía tienen que tratar a mi bruja en otras ocasiones y no queremos que le cojan manía… el mismo rollo de siempre… joder, todo el mundo se puede equivocar, por supuesto, pero ¡no dar su brazo a torcer! ¡esa inflexibilidad! ¿Y qué me decís de la insistencia con lo del "marido" y la "hermana", pero de qué van?

Todo ha pasado, pero qué queréis que os diga, a mí no se me quita el mal cuerpo. ¿Exagero al sentirme así?

¡Si nos hubieran atendido ellas, seguro que esto no hubiera pasado!