
A medida que te vayas haciendo mayor, todos los días verás hombres blancos que hacen daño a hombres negros, pero déjame decirte una cosa que no debes olvidar nunca: cuando un hombre blanco le hace eso a un hombre negro, no importa lo poderoso, rico o de buena familia que sea el blanco: es simplemente basura (Atticus a su hija Scout en la hermosa novela Matar a un ruiseñor, de Harper Lee)
Nuestro Ministro de Interior dice que no es cierto que la policía tenga cupos de inmigrantes que detener al día, pero quienes vivimos en Madrid, no sé lo que sucede en el resto del país, sabemos que miente, que tiene más cara que espalda, que cuando no había crisis bien que utilizaban esa mano de obra barata por muy morenita que fuera y ahora les quieren echar a todos, ¡canallas! Son seres humanos igual de válidos que el resto, ¿cómo se puede permitir que reciban un trato tan cruel?
En Madrid se ve a los policías esperándolos en las bocas de metro, en las puertas de los locutorios, en todos los lugares donde puedan encontrarles. Por supuesto, el modo de selección es completamente racista, pues se basan en el color de la piel. En cuanto ven a una persona de piel oscura (hispanos, árabes o negros) van a por ellos. Como veis, la cosa es completamente absurda, porque, pongamos por ejemplo que pasa por allí un argentino blanquito sin papeles. Pues a él no le paran. Racismo policial cien por cien vejatorio.
Mis sobrinos son expertos en la República Dominicana, Bolivia y Ecuador. Se han criado desde que nacieron con niñeras de esos países, quienes les han enseñado sus costumbres, les han dado a probar sus recetas y les han contado leyendas de sus tierras. La más reciente, Claudia, llegó a España hace pocos meses. Hace unos días, terminada su jornada laboral, cogió el metro como siempre, para encontrarse a la salida con dos policías matones que al grito de “¡eh, tú, para!” impidieron que continuase su camino.
¿Cómo que “eh, tú”, mamotretos descerebrados? Tratadla de usted porque no la conocéis de nada, porque merece el mismo respeto que el resto de personas y porque ya bastante miedo estará pasando.
Claudia aún no tiene papeles.
Le obligaron a pasar la noche en un calabozo, y al día siguiente le mandaron a casa con un certificado de expulsión.
Claudia sigue viniendo a cuidar a mis sobrinos. Mientras mi hermana, la madre de los niños, le intenta arreglar los papeles, Claudia empieza a sufrir transtornos de miedo y ansiedad. La experiencia del calabozo y de haber sido tratada como una mierda ha quedado grabada en sus ojos, unos ojos que extrañan tanto mirar a sus hijos, a esos niños que ha dejado en Ecuador para cuidar a otros que no son suyos y que lo tienen todo. El pavor de coger mañana y noche el metro y de ser descubierta por esos desalmados le impide vivir tranquila.
A esos policías les pagamos el sueldo con nuestros impuestos.
Y están haciendo el vago y abusando de personas indefensas en lugar de ocuparse de asuntos más importantes, como la violencia machista, las violaciones, los atracos violentos y tantas otras cosas.
Y el gobierno pasa de una política flexible a otra de todos fuera... qué hipócritas...
No es justo.
Claudia se merece que la traten de usted.










