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martes, 26 de octubre de 2010

Primeros pinitos

Quien lleve su infancia consigo, permanecerá joven para siempre (Abraham Surzkevery)

El devastador paso de cuatro de las hermanas Brontë por Cowan Bridge, un sórdido internado para hijas de clérigos que luego Charlotte retrataría con extrema fidelidad en Jane Eyre, su obra maestra, se saldó con la muerte de las dos chicas mayores, de tan solo once y diez años, Maria y Elizabeth.
Las afligidas supervivientes, Charlotte (ahora la mayor) y Emily, regresaron a la rectoría donde vivían con su padre, su tía y sus hermanos Branwell y Anne. El libre acceso a la biblioteca de su padre y su pasión por la lectura les llevó a crear mundos imaginarios que plasmaron en papel, ocupándose de los más nimios detalles. Charlotte y Branwell inventaron Angria, y Emily y Anne erigieron Gondal.
La inspiración fueron doce soldaditos de madera que Branwell recibió de su padre. Charlotte puso nombre a cada uno de ellos y los cinco comenzaron a escribir historias. Los libros estaban escritos en letra minúscula y perfecta, ¡del tamaño de los soldados!
La cultura que tenían las niñas y su hermano apenas la podemos imaginar de tan inmensa para su corta edad, pero yo entiendo perfectamente eso de refugiarse en otros mundos cuando el tuyo se vuelve hostil.
Si siempre me gustó leer y escribir, tras la muerte de uno de mis hermanos en un accidente de tráfico la sucesión de cuadernos llenos de historias fue constante. Siempre hacía una página de texto y otra con un dibujo. Para mí unas hojas en blanco eran la posibilidad de reflejar en ella lo que me contaba por las noches para quedarme dormida, lo que imaginaba sentada en mi habitación, en los momentos en los que debía estar haciendo los deberes. Escribía a todas horas, pero sobre todo en el recreo, mientras el resto de las niñas se sentaban en corro o jugaban al rescate (a los chicos del fútbol no había quien les sacase). Algunas de mis amigas venían a examinar mis creaciones, acostumbradas a verme en un rincón boli en mano, y muchas me pedían los cuentos, motivo por el cual muchísimos de ellos no están en mi poder actualmente.
También regalaba muchas de mis historias a la familia y a las amigas de mis hermanas mayores, que se morían de risa y de ternura, especialmente con Sapitón, mi revista. De Sapitón saqué un número considerable de ejemplares durante varios años, pero la mayor parte de ellos se ha perdido porque me los compraba la gente a 25 pesetas (mismo dinero que recibía por hacer media hora de cosquillas a mis hermanas mientras veían la tele). En ella hablaba de mis series favoritas (Falcon Crest y V sobre todo, me fascinaban), películas (Superman, Grease) escribía seriales que continuaban en el siguiente número, me inventaba entrevistas (incluso tengo una a Isabel Pantoja que he conservado, ya os la enseñaré) y dibujaba posters (mítico el de Angela Channing).
Mi prima rescató hace poco este cuaderno de una historia inconclusa escrita cuando tenía diez años. Aquí os la dejo como aperitivo a otros recuerdos que iré escaneando si me permitís este viaje al pasado.




lunes, 5 de enero de 2009

Propósito de año nuevo


Siempre hay un momento en la infancia en que se abre la puerta y se deja pasar al futuro. (Deepak Chopra)
Este año quisiera recuperar la forma de escribir y de leer que tenía de niña, cuando desconocía la existencia de cánones y normas para pertenecer a este o aquél grupo.
Entonces, escogía un libro simplemente porque el título o la portada me atraían, porque conocía a la autora o autor y me gustaba, porque alguien me lo había regalado o porque llevaba toda la vida en casa (una casa repleta de libros en todas las habitaciones y de adultos que leían mucho, es para tomar nota si queremos que nuestros hijos lean) y de pronto mis ávidos ojos reparaban en él.
Qué delicia el olor de las hojas cuando las pasaba a toda velocidad delante de la nariz, la lectura de la contraportada y el abanico de posibilidades que esta desplegaba ante mí, el sentimiento de anticipación trepidante… Recuerdo con mucho cariño la colección de Los Cinco de Enid Blyton (Jorge, Jorge, mi heroína), los intensos libros de la sueca Maria Gripe (en especial La hija del espantapájaros), el mágico Michael Ende (aunque La historia interminable me encantaba y me sentía muy identificada con Bastian Baltasar Bux, sobre todo amaba Jim Botón y Lucas el Maquinista, basándome en el cual mi habitación se convirtió en una isla y dos de mis hermanos en mis súbditos), una versión infantil de la Biblia que mi padre me trajo de uno de sus viajes de negocios, un delicioso Quijote adaptado para niños… Recuerdo leer y leer y a mi madre instándome a que saliese a la calle a jugar un poco… Recuerdo la linterna y una cueva hecha con sábanas…
Sobre todo recuerdo ese placer inocente e inigualable. Ahora leer sigue siendo lo que más me gusta hacer en este mundo, pero es un acto que se me ha contaminado sin yo quererlo, por prejuicios ante tales o cuales autores, por las lecturas obligatorias que he de hacer por trabajo, por ese análisis académico que hago ante todo libro que compro o leo.
A la hora de escribir me pasa un poco lo mismo. Recuerdo que en los recreos mi amiga Cristina y yo llevábamos cuadernos y escribíamos lo que llamábamos “novelas”. Siempre poníamos un título con letras de colores y un dibujo en la portada. Luego el índice y ya después la historia, cuyos capítulos se titulaban de forma rimbombante y siempre culminaban en una ilustración coloreada con plastidecor o rotuladores carioca… Los personajes tenían nombres extraños como Calpurnia. Me viene a la cabeza una de mis novelas: un matrimonio tiene una hija y cuando van de excursión por el bosque la niña se cae del coche y la crían unos duendes que se la encuentran. Luego no recuerdo qué más pasaba, pero al final, obviamente, se reencontraba con sus padres. ¡Lo que daría por recuperar alguno de aquellos cuadernos!
Ahora, cuando me pongo a escribir, examino demasiado si tal o cual cosa tiene credibilidad, me fijo en el estilo, en tantas cosas que me frenan y aguan la fiesta de mi inspiración… No quiero decir con esto que no haya que revisar lo escrito, corregir y todo eso, pero de alguna manera quisiera ser tan equilibrada como cuando era niña.
Eso es, lo que me pasa es que cuando era niña era mucho más madura que ahora, en la treintena.
Mi propósito para 2009 es volver a disfrutar de la vida como lo hacía con mi bocadillo de nocilla en una mano, un libro de Barco de Vapor en la otra y toda una tarde de domingo por delante.

viernes, 26 de diciembre de 2008

Concurso: ¡¡¡Era pequeña y estaba indefensa!!!

¿Has encontrado a Dios? Pues si en treinta días nadie lo ha reclamado, te lo puedes quedar.
El concurso de mi querida Farala –un concurso de fotos de Comunión de las blogueras bolleras cuyo título lo dice todo: ¡¡¡Era pequeña y estaba indefensa!!!- me ha tentado demasiado como para no participar. Estaba viendo las fotos de las demás participantes y me he reído un montón. Sois las mejores, chicas, la verdad es que me encanta el buen humor imperante en esta sección tan endogámica de la bollosfera, y que conste que no lo digo a malas, se trata de una pequeña comunidad (de amigas virtuales) dentro de otra comunidad (la de blogueras lesbianas) que está dentro de una tercera comunidad (la de autoras/es de blogs) y que en lo que a mí respecta, me resulta deliciosa.

Aquí tenéis mi fotografía, un poco decorada porque yo soy así de rococó. Fijaos en mis enormes dientes que muchos años de aparato lograron que se parecieran un poco menos a los de Bugs Bunny. Si prestáis atención os podréis percatar de que estoy despeinada, me falta un pendiente, tengo un poco de tarta en la barbilla, mi cinturón está retorcido y el traje –que me hicieron las monjitas que vivían al lado de mi casa y a las que yo reverenciaba, cómo es la vida- está bastante arrugado. Todo ello fue resultado de una intensa pelea con mi primo Pedrito tras la cual mi madre me dijo que me había portado fatal justo el día de mi Primera Comunión y que a lo mejor entonces ni valía porque Jesusito lo veía todo y estaría muy disgustado.
A ver, cómo explicároslo, Jesusito para mí era un personaje terrorífico, pues me decían: “A lo mejor yo no te veo, pero Jesusito sí, Jesusito lo ve todo.” Esa amenaza celestial estuvo siempre presente en mi infancia.
Jesusito, tal y como me lo imaginaba yo, era un niño dulce y regordete, una especie de Cupido con la cabeza llena de bucles, pero al mismo tiempo se trataba de un ser diabólico que pese a su corta edad lo comprendía todo. Estaba por todas partes, era invisible, y luego se chivaba a Dios de  mis fechorías infantiles con el fin de que yo ardiese en el infierno por toda la eternidad. Qué rico, el niño, ¿no?
Pues nada, en el día en que conmemoramos su nacimiento, os dejo esta foto de una niña católica que acabaría siendo una infame lesbiana con muchos cunnilingus que ofrecer.

miércoles, 17 de septiembre de 2008

Patria de mi niñez


¿Por qué nos gusta el mar? Es porque tiene una poderosa capacidad para hacernos pensar cosas que nos gusta pensar. (Robert Henri)

Tengo la suerte de huir a un pequeño pueblo mediterráneo cuando se me antoja, al contar mi familia con una casa allí de toda la vida. Los rincones de estos muros curtidos por la sal del mar me han visto pasar incontables y eternos veranos infantiles, de esos que luego ya nunca vuelves a vivir, desde junio hasta septiembre, cuando se te olvida por completo el colegio y la vida invernal. También me han acogido durante múltiples semanas santas, navidades, puentes y fiestas de guardar. Desde mi habitación escuchaba el clon-clon de los barcos del puerto mientras devoraba (otra vez) los libros de Los cinco de Enid Blyton y soñaba con ser como Jorge (no la llaméis Jorgina jamás si queréis gozar de su amistad) y tener una isla y un perro como los suyos (con el padre gruñón ya contaba). En fin, que esta villa de pescadores apenas contaminada por el turismo que asola las playas que están a la vuelta de la esquina aguarda, como si se tratase de una realidad paralela, a que yo aparezca y me sacuda Madrid de encima para impregnarme con sus olores, su arena de playa y la brisa que me abraza la cara cuando recorro las callejuelas con mi bicicleta.
Ahora he venido con un cargamento de trabajo para mis mañanas y de novelas para mis tardes. Todos los días veo un amanecer anaranjado sobre el mar mientras me tomo el primer café y enciendo el ordenador. Qué suerte tengo, me digo. No hay ni un ruido, qué distinto al tráfico y las colas en el metro que a esas horas se forman en mi querida y sufridora ciudad.
Aquí no hay nada que hacer y sin embargo me encuentro siempre mucho más activa que cuando estoy en Madrid, con muchas más ganas de escribir, pasear y sortear las rocas de las calas. Se trata de un dinamismo que poco tiene que ver con los quehaceres estresantes de mi cotidianidad en la capital.
En estas madrugadas en las que me voy quitando el sueño mientras escucho las olas, observo a un grupo de niños que aguardan la ruta escolar delante de la playa. No conocen las cantinelas mañaneras de los cláxones, no conocen tantas cosas que los críos de mi ciudad experimentan cada jornada. Es entonces cuando me planteo una mudanza permanente a esta patria de mi infancia y quién sabe, quizás algún día, porque esto, qué queréis que os diga, esto es vida.