Aquí me tenéis, entre otras maravillosas personas de la asociación Galehi, participando en el proyecto de apoyo a la juventud lgtb It Gets Better.
lunes, 4 de junio de 2012
¡Todo va a ir mejor!
Aquí me tenéis, entre otras maravillosas personas de la asociación Galehi, participando en el proyecto de apoyo a la juventud lgtb It Gets Better.
lunes, 9 de mayo de 2011
Lara Logan, heroína
domingo, 21 de noviembre de 2010
Lista negra de la violencia machista (3) - Mis cinco machistas favoritos
martes, 2 de noviembre de 2010
No me río
sábado, 23 de octubre de 2010
Sugerencia de disfraz para Halloween
jueves, 3 de junio de 2010
Obituario: Rue McClanahan
Hay una línea muy fina que separa el pasárselo bien y el ser una mujer fácil. Lo sé. He puesto mi pie en esa línea alguna vez (Blanche Devereaux).Hoy ha muerto Rue McClanahan, la actriz que interpretaba a Blanche Devereaux en Las chicas de oro (The Golden Girls), serie estadounidense de gran éxito que se emitió de 1985 a 1992.
Las chicas de oro fue una serie divertida y entrañable, sí, pero también supuso una revolución feminista que deja por los suelos a otras más contemporáneas como Sexo en Nueva York (Sex in the City).
El argumento era el siguiente: cuatro mujeres mayores comparten una casa en Miami. Son Blanche Devereaux, que, como bien dice el artículo de El País de hoy, “abrazó en su madurez la revolución sexual: liberada, despreocupada, independiente, nunca atada al qué dirán”, Rose Nylund, de una inocencia abrumadora retratada en sus absurdas historias acerca de su pueblo, St. Olaf, Dorothy Zbornak, mujer algo masculina de aspecto y con un genio de fuego y su madre, Sophia Petrillo, mordaz siciliana siempre aferrada a su bolso y cuyo aspecto de viejecita dulce engañaba a todo el mundo.
Los episodios solían tener un formato similar: las chicas se metían en algún lío y para solucionarlo se reunían en la mesa redonda de la cocina (¿quién no ha soñado con tener una igual?) a comer tarta de queso y contarse historias cuya moraleja les aportase alguna idea para solucionarlo. Como ya he dicho, las de Rose sobre St. Olaf no solían tener ningún sentido. Sophia siempre empezaba, como recordaréis, de la siguiente forma: “Sicilia, 19—“. Por otra parte, las de Blanche solían tener que ver con sus affairs.
Las chicas de oro fue una serie polémica porque sus protagonistas tenían más de cincuenta años y aún así eran sexualmente activas. Además, en una época en la que aún no se hablaba mucho de estas cosas, ellas asistieron a una boda gay (la del hermano de Blanche) e incluso hablaron del SIDA cuando Rose se hizo la prueba por temor a una transfusión de sangre que le habían hecho. “¡El SIDA no es una enfermedad que afecte a mala gente, Rose!” –le dice Blanche- “¡No es el castigo de Dios a los pecados de nadie!” Otros temas que se trataron en la serie fueron el sexo seguro y los preservativos, el síndrome del nido vacío, envejecer, el machismo, la donación de órganos, la violencia de género, la ludopatía, la inseminación artificial, los derechos de los animales y la demencia senil. Como veis, fue un programa realmente transgresor e innovador.
Lamentablemente, ya solo queda una chica de oro, la fantástica Betty White, quien interpretaba a Rose. Estelle Getty, que hacía de Sophia, murió en 2008 y Beatrice Arthur, Dorothy, en 2009. Hoy hemos perdido a la inimitable Rue McClanahan, quizá la que tenía el papel más controvertido de las cuatro.
Sirva este vídeo como recuerdo cariñoso.
viernes, 22 de enero de 2010
Una película que me gustaría ver, una mujer que me gustaría emular y un reto que me gustaría proponeros
Para mí, la cuestión más difícil es comprender el significado y las consecuencias –tanto personales como políticas- de mis acciones. Si me hago un lifting o enderezo mi nariz judía, ¿a qué normas estoy sirviendo? ¿Cómo afectan estas acciones a la concepción que tengo de mí misma? ¿Qué valores transmito a aquellas personas a quienes guío? ¿Cómo contribuyo a aportar mi granito de arena a la cultura del futuro? (Susan Bordo, la traducción es mía)Tengo muchas ganas de ver Precious. Se trata de una película dirigida por Lee Daniels y basada en una novela, que también quiero leer, titulada Push y escrita por Sapphire, autora y lesboactivista afroamericana.
Precious, con un reparto eminentemente femenino y algunas apariciones masculinas como la de Lenny Kravitz, es una película feminista que trata de la vida de Precious, una adolescente gorda e iletrada que vive con su torturadora madre en Harlem. La existencia de Precious es terrible: violada repetidamente por su padre, da a luz a un niño con síndrome de Down y está esperando otro, por lo que es expulsada del instituto. Será en el nuevo centro a donde acuda y con la ayuda de una profesora y de otra gente que se encuentra por el camino, donde Precious aprenderá a leer y a salir de su infierno.
No sé a vosotras, pero a mí esta desgarradora historia se me antoja una nueva versión de El color púrpura, novela de Alice Walker que tiene como protagonista a la tierna Celie, también analfabeta y violada por su padre, de quien queda embarazada. Probablemente Sapphire se inspiró de forma consciente en Walker, maestra de tantas.

La actriz que encarna a la madre de Precious se llama Mo’Nique, que además de dedicarse al cine es activista contra la gordofobia y muchas otras cosas. Produjo el concurso de modelos de tallas grandes Mo’Nique’s Fat Chance y dirigió el documental I Coulda Been Your Cellmate, sobre mujeres encarceladas. En cuanto a su trayectoria como intérprete, tuvo un papel en la serie Ugly Betty (mi versión favorita de todas las se han inspirado en la venezolana Inés Duarte, secretaria, sin duda) y en la película Phat Girlz, también muy centrada en la gordofobia (ya se sabe que a las actrices gordas pocas veces les dan papeles que no tengan que ver con su cuerpo, pero en este caso Mo’Nique convierte lo que quieren que sea una limitación en una forma de militar por un mundo mejor), además de haber hecho varias otras películas.
Esta mañana he leído en el periódico que Mo’Nique ha dejado “pasmados a los fotógrafos con sus piernas sin depilar”. En los Globos de Oro (ceremonia en la que arrebató el premio a la mejor actriz de reparto a la mismísima Penélope Cruz), esta admirable mujer se levantó la falda y dejó que todos los fotógrafos retratasen sus piernas peludas, en un acto reivindicativo que por supuesto despertará un montón de críticas y que yo aplaudo y admiro. Cuando los fotógrafos la miraron estupefactos, ella se limitó a echarse a reír.
Desde siempre he tenido esta conversación con mujeres en incontables ocasiones: no nos depilamos porque nos gusta el cuerpo sin pelos, sino porque nuestra cultura machista nos lo ha imprimido de tal manera que creemos que nos gusta.
Dejo al margen a los hombres que dicen que les gustan las mujeres sin pelos, paso de ellos, y también dejo al margen a las mujeres que no se plantean estas cosas. Hablo de las que se interesan por estos temas y aseguran con vehemencia que se depilan porque quieren, no por un canon de belleza impuesto. ¿Estáis seguras, chicas?
No quiero sonar paternalista con esto. Os seré sincera: yo cuando me encuentro con una mujer sin depilar enseguida me atrae en todos los sentidos muchísimo más que una depilada, porque encuentro en ella coherencia y valentía. No obstante, aunque no con tanta frecuencia como debería según los cánones, soy tan tonta que me depilo tan solo porque no tengo el valor suficiente para no hacerlo, para ir en bañador con las piernas llenas de pelos y cosas así. Pero quisiera no hacerlo, al menos me reconozco a mí misma que quisiera no hacerlo y no me autoengaño diciendo que es que me gusta así. Lo siento, no me lo trago. Son formas que tenemos de racionalizar lo que hacemos con el fin de sentirnos mejor al tratar de que nuestro cuerpo encaje con las normas de la sociedad sexista.
Pensemos más allá, hagámonos la siguiente pregunta: ¿qué significa que los hombres no se depilen y las mujeres sí? Y, por favor, estoy hablando de la tendencia más habitual, no de las nuevas modas metrosexuales ni de los nadadores. De verdad, hagámonos esa pregunta y meditemos su respuesta, cuestionemos las cosas que se dan por sentadas.
Otra pregunta que parece obvia y que es nuestra obligación sopesar como feministas que somos: ¿Por qué las mujeres nos depilamos? Si fuera por higiene, los hombres también lo harían, ¿no?
En fin, poquito a poco pero sin parar. La cita que abre este post es una cambiavidas si la ponemos en práctica, así que a ello.
Mientras tanto, yo os lanzo un reto que os animo a llevar a cabo y que empiezo aquí, en La Letra Escarlata: no te depiles y cuelga en tu blog o red social una foto de tus piernas (o de tus sobacos, o de lo que quieras…) sin depilar en apoyo a Mo’Nique y como protesta por los cánones machistas.
¡Aquí van mis piernas! ¡Muérete de envidia, Kim Basinguer!
jueves, 7 de enero de 2010
Machismo vegetariano













jueves, 1 de octubre de 2009
Polanski no me da ninguna pena

viernes, 10 de julio de 2009
Pamplona sangrienta
lunes, 25 de mayo de 2009
Sexo (lésbico) en Nueva York

Ya es hora (Cynthia Nixon)
La verdad es que la serie Sexo en Nueva York, que acabó hace ya tiempo aunque pretendan martirizarnos unos años más con películas de mala calidad, no es santo de mi devoción. Sí, reconozco haber visto bastantes capítulos en esos ratos perezosos delante de la tele y sí, reconozco haberme reído e incluso haber disfrutado con varios de ellos, pero el sentimiento general que me producen las cuatro pijas de ese idealizado Manhattan es de indignación.
Pese a que nunca se había hecho una serie de televisión en la que las mujeres hablasen tan abiertamente de sexo ni en la que se mostrase un punto de vista tan poco normativo en muchos aspectos (la amistad entre mujeres, el no deseo de tener hijos, la soltería a los trentaitantos), estos aspectos positivos quedan casi invisibilizados por otros mensajes que se transmiten a lo largo de las seis temporadas.
En mi opinión, el personaje más insoportable es Carrie, la protagonista (Sarah Jessica Parker). Superficial hasta la médula, cada vez que se deprime se compra unos zapatos de trescientos dólares como poco. Vamos, por favor, ¿pero de dónde saca el dinero, si escribe una columna de nada en un periódico? En fin, totalmente irreal. Este consumismo de alto standing es, sin duda, lo que más me enerva de la serie. Después hay otras cosas, como lo obsesionadas que están todas en el fondo por conseguir pareja (aunque intenten reivindicar la soltería al mismo tiempo) y que de lo único que hablan entre ellas es de hombres, son el centro de sus vidas.
Me parece muy bien (incluso necesario) que exista una serie como Sexo en Nueva York que retrate a las mujeres mayores de treinta años de forma más compleja de lo habitual, pero calificarla de feminista, como hace mucha gente, es ir demasiado lejos. Algunas de sus actitudes pueden llegar a serlo (por ejemplo, la lucha de Miranda por compatibilizar maternidad y trabajo, la resistencia de Samantha a que sus relaciones sexuales sean juzgadas de distinto modo que las de los hombres o el hecho de que Charlotte sea la única de las cuatro que quiera una familia tradicional) pero muchas otras, como las que he mencionado, la convierten en una serie nacida de la absurdez que lo invade todo en los tiempos que corren.
Creo que sí que hay series que merecen el honorable calificativo de feministas, como por ejemplo, Las chicas Gilmore, que también –por desgracia- concluyó hace un par de años y a la que solo veo un defecto importante, esto es, su falta de personajes abiertamente LGTBQ. Decir que tengo debilidad por Lorelai, Rory y el resto de maravillosos personajes que habitan el ficcional pueblo de Stars Hollow es quedarme corta. Si no habéis visto Las chicas Gilmore, os aconsejo que lo hagáis desde la primera temporada hasta la séptima y última. Creo que me reservo analizarla para otros posts dedicados exclusivamente a ello, porque tengo muchas cosas que decir al respecto de esta serie, sobre todo en las relaciones femeninas que propone y en el modelo de maternidad que muestra.
Bueno, y todo este post viene simplemente a que quería contaros un cotilleo bollo de esos que a veces me da por escribir, sobre todo porque la visibilidad me pone de buen humor, especialmente cuando proviene de mujeres activistas la mar de interesantes.
El caso es que el 17 de mayo se celebró en Nueva York el Broadway Impact Marriage Equality Rally, una manifestación a favor de la legalización del matrimonio LGTBQ en ese estado. Entre el famoseo estaba la actriz Cynthia Nixon, que hace de la abogada Miranda Hobbes en Sexo en Nueva York (de ahí que empezase el post enrollándome acerca de esta serie, cuando tan solo quería hacer una pequeña introducción). Cynthia Nixon, de la cual ya hablé en mi post sobre bollomadres ilustres, anunció su intención de casarse con su novia, Christine Marinoni, activista de la educación, en cuanto la ley se lo permitiese. Ante tanto armario y tanto miedo de ser encasilladas o discriminadas, resulta refrescante encontrar a una mujer que da la cara por ella y por todas.
Nixon ya demostró su valentía cuando se convirtió en activista contra el cáncer de mama, enfermedad que ella misma sufrió, así como cuando se enfrentó a los grupos religiosos por apoyar la planificación familiar.
No sé a vosotras, pero a mí me encantaría ver otra serie menos heterocéntrica que Sexo en Nueva York en la que las protagonistas fueran, por ejemplo, Cynthia Nixon y Leisha Hailey, que hace el papel de Alice Pieszecki en The L Word y que es una de las pocas actrices de esta serie que está fuera del armario en la vida real. Mmmmmm, sería genial.

domingo, 5 de abril de 2009
Memoria histórica
Yo hubiera preferido que me siguieran dando palos antes que ver a una compañera salir para no volver. Eso lo digo con el corazón y no encuentro palabras para describir eso porque eso es muy duro (Concha Carretero, condenada a muerte durante el franquismo, escapó del fusilamiento de las trece rosas)
Dos exposiciones del Centro Cultural Conde Duque me han dejado impactada últimamente. La primera, a principios de este año, fue La Facultad de Filosofía y Letras de Madrid en la II República y la que he visto hoy es Presas de Franco (que estará hasta el 9 de mayo, así que si estáis por Madrid os animo de todo corazón a ir a verla).
La Facultad de Filosofía y Letras homenajeaba este edificio de la Universidad Complutense en su 75º aniversario. La exposición mostraba lo pionera y emblemática que fue esta institución educativa. Además de acoger a las personalidades intelectuales de la época, su modernidad se podía ver en sus estilos tanto arquitectónicos como pedagógicos, pues estuvo inspirada en los principios de la Institución Libre de Enseñanza.
Sin embargo, el proyecto de hacer una sociedad moderna, culta y solidaria se vio truncado con el golpe de estado fascista que dio lugar a nuestra cruenta Guerra Civil, así como a la dictadura de Francisco Franco. Las personas abanderadas del pensamiento libre de la II República fueron torturadas, encarceladas y en muchos casos asesinadas, o bien se vieron forzadas al exilio.
La exposición, que invita a que esto “nunca se olvide, nunca se vuelva a repetir”, como dijo una de las estudiantes de la Complutense, alentaba a la reflexión y también a la memoria histórica, tan necesaria.
Viéndola, me indignó la no existencia de más placas conmemorativas a las víctimas de la represión franquista. No hacía mucho que acababan de derribar la cárcel de Carabanchel en lugar de construir allí un centro por la memoria de los que padecieron el franquismo, como pedían tantas personas. Este empeño en pasar página es un empeño por prolongar la injusticia del silencio. Relegar al silencio, a la invisibilidad, es condenar a la no existencia.

La exposición que he visto hoy me ha dejado aún más marcada. Presas de Franco habla de las mujeres de la generación de la II República y la Guerra Civil –gente como Tomasa Cuevas, Manolita del Arco, Juana Doña, Nieves Torres, María Salvo, Trinidad Gallego, Soledad Real, Leonor Estévez, Mari Carmen Cuesta, Carlota O’Neill, Concha Carretero, Maruja Borrell, Matilde Landa, Ángeles García-Madrid, Josefina Amalia Villa y otras muchas mujeres- cuya historia solo ahora empieza a ser reconocida con labores como el libro de la tristemente fallecida Dulce Chacón, La voz dormida (2002), o esta misma exposición.
Estas mujeres sufrieron una doble represión, tanto por ser rojas como por ser mujeres. Las infames condiciones en que vivieron en las cárceles franquistas (y el terror que experimentaron fuera de ellas) resulta harto difícil de poner en palabras, pero es imprescindible hacerlo. Los testimonios de estas militantes fueron silenciados durante décadas. Esta exposición se propone visualizar la experiencia penitenciaria femenina conjugando imágenes y documentos y recorriendo diversos ejes temáticos: la maternidad en las cárceles, la resistencia, los fusilamientos, la tortura, el sexismo… Estas experiencias pertenecen a las excluidas de las “grandes historias” y es necesario que empiecen a formar parte, de una vez por todas, de la narrativa del periodo histórico del que forman parte.
Lo único que he echado de menos de esta exposición es la experiencia de las mujeres lesbianas durante el franquismo, para lo cual recomiendo dos magníficos trabajos de Beatriz Gimeno, la novela Su cuerpo era su gozo, de la que ya hablé en este blog e Historia y análisis político del lesbianismo.
Volviendo a la exposición, en ella ponen un documental desgarrador, Del olvido a la memoria: presas de Franco, dirigido por Jorge Montes Salguero. En el documental hablan de Tomasa Cuevas, ex militante del Partido Comunista que pasó seis años en una prisión franquista donde, con una vieja grabadora escondida en su bolso, recogió los testimonios de muchas mujeres para que no cayeran en el olvido. Todos estos testimonios fueron recopilados en el libro Testimonios de mujeres en las cárceles franquistas. Gracias a ella nos curamos un poquito de esta amnesia histórica que se instaló en España en la transición.
He encontrado en You Tube el documental y lo adjunto a continuación de este post. Os animo a todas y todos a verlo, merece la pena. Son 50 minutos que se pasan volando pero, advierto, con el corazón en un puño y a veces sin poder evitar las lágrimas en los ojos. Debería ser obligatorio en los colegios, y no esos manipuladores vídeos antiabortistas que algunos centros educativos se atreven a poner. Insisto de verdad en que lo veáis y animéis a vuestra gente a que lo haga también.
Para que nada se pierda.
Parte I
Parte II
Parte III
Parte IV
Parte V
Parte VI
Parte VII
Parte VIII
Parte IX y última
domingo, 22 de marzo de 2009
La vida pública de Jade Goody

Hay algo hermoso al mismo tiempo que devastador en la imagen sonriente de esa joven calva e invadida por el cáncer que era Jane Goody, de la que a partir de hoy habrá que hablar en pasado, pues acaba de fallecer. Hermoso porque el cáncer no afea, sino que convierte a quienes lo padecen en supervivientes, en personas de belleza amazónica, guerrera. Sus grandes ojos, su boca, la inocencia de su expresión, todo ello la ha convertido para siempre en un icono inolvidable, entrañable y triste. Triste, devastador, pues ha llevado la vida pública hasta sus últimas consecuencias, ha muerto casi en directo y ha mostrado su ignorancia ante el mundo diciendo: no quiero que mis hijos sean como yo, quiero que reciban una educación, por eso prostituyo mi persona, para ganar dinero para ellos.
Jade Goody (Londres, 1981-2009), nació de progenitores drogadictos y, cuando su padre les abandonó, cuidó de su madre inválida. Se hizo famosa tras participar en el Gran Hermano británico, donde sus limitados conocimientos fueron objeto de la burla general. A la región de East Anglia la llamó East Angular y llegó a decir que Portugal estaba en España. Pese a todo, la gente empezó a encariñarse con ella debido a su aura infantil. En 2007, tras escribir en revistas de cotilleos, dictar dos autobiografías y aparecer en vídeos de gimnasia y diversos programas, participó en otro reality show, donde un comentario racista por el que luego pidió perdón provocó el rechazo de la gente. Con el fin de borrar su mala reputación, ingresó en el Gran Hermano indio en verano de 2008. Allí fue donde descubrió que tenía cáncer cervical y que le quedaban pocos meses de vida.
El hecho de llevar su enfermedad de una forma tan pública ha incomodado incluso a quienes normalmente consumen con avidez noticias del corazón. Una cosa son los divorcios de Madonna, el consumismo desorbitado de Victoria Beckham, el colocón de Kate Moss, la secta de Tom Cruise o el nuevo bebé adoptado en tiempo récord por Brangelina. Pero una enfermedad es algo muy feo, muy muy feo, y la gente no quiere saber nada de eso… ¿O sí? Morbo, morbo… Cualquiera de las dos actitudes –miro para otro lado o estoy ávido de quimioterapia ajena- me resultan igual de terribles.
Jade Goody se ha ido consciente de su ignorancia y de la controversia que ha suscitado su vida pública, una vida que, desde que nació en el seno de una familia completamente desestructurada, nunca parece haberle pertenecido. Pero ha hecho dos cosas muy importantes: La primera, ha proporcionado la posibilidad de una vida distinta a sus dos hijos y la segunda, ha hecho que miles de mujeres vayan a hacerse revisiones médicas y probablemente ha evitado muchos casos mortales de cáncer cervical como el suyo, porque no me digáis que no es triste que una chica de veintitantos años muera de uno de los cánceres que más posibilidades de curación tiene si se detecta a tiempo.
sábado, 3 de enero de 2009
Unas risas para empezar 2009
jueves, 20 de noviembre de 2008
La calumnia

Por cada persona que vive sin libertad, el resto debemos enfrentarnos a la culpabilidad (Lillian Hellman)
Cómo pasa el tiempo. Hoy hace 74 años que se estrenó en Broadway una de las obras más famosas de la dramaturga y guionista norteamericana Lillian Hellman (1905-1984). Se trata de The Children’s Hour, conocida en España como La calumnia, de la que luego William Wyler hizo una película con Audrey Hepburn y Shirley MacLaine en 1961.
La calumnia trata sobre dos amigas que regentan un internado femenino. Una de las niñas se inventa, cuando escucha un rumor, que las dos profesoras tienen un romance. Esto llega a oídos de todos los padres, que van sacando a sus hijas del colegio hasta que este tiene que cerrar y la vida de ellas queda destrozada. Hellman no deja claro si el rumor es cierto o no (la película de Wyler se inclina más por lo segundo, aunque muestra cómo una de las profesoras sí que siente lo que dice la niña), pero la relación de las dos mujeres en la obra teatral es lo suficientemente estrecha como para que esta se prohibiera en Chicago, Boston y Londres y provocase que Hellman quedase excluida del premio Pulitzer. Aún así, La calumnia tuvo un éxito tremendo y estuvo en cartelera durante veintiún meses.
Hellman se inspiró en un caso real que tuvo lugar en Edimburgo en 1809, cuando una niña acusó a sus profesoras, la Srta. Pirie y la Srta. Woods, de tener una relación y los tribunales las consideraron culpables de “afecto excesivo.” El hecho de que once años después las dos mujeres ganaran la apelación, no evitó que sus vidas quedasen destruidas para siempre. Su colegio nunca volvió a abrir sus puertas y ellas jamás fueron contratadas en ningún otro lugar.
Lillian Hellman escribió muchas otras obras de teatro y guiones de Hollywood, todos ellos de gran calidad. Durante treinta años, fue pareja del escritor de novela negra Dashiell Hammett, y amiga toda la vida de la genial escritora Dorothy Parker.
Activista de la izquierda, fue víctima de la caza de brujas y se negó a testificar ante el Comité de Actividades Antiestadounidenses en 1952. Aunque, al contrario que Hammett, nunca estuvo en la cárcel por ello, sí que estuvo vetada de los estudios de Hollywood durante muchos años.
Gracias, Lillian Hellman, por sacar a la luz un caso que de otro modo hubiera quedado enterrado por la historia normativa, esa que siempre olvida a las mujeres y, sobre todo, a las lesbianas. Menos mal que entre todas podemos construir en lugar de destruir.
[Lectura recomendada: Scotch Veredict: Miss Pirie and Miss Woods V. Dame Cumming Gordon (Lillian Faderman) sobre el caso real de las profesoras escocesas.]


