miércoles, 6 de mayo de 2009

A LAS OCHO DONDE SIEMPRE, serial bollo (2)

Anteriormente, en A las ocho donde siempre...

CAPÍTULO DOS: LAS NORMAS DE LA CASA DE RUTH

I

La niña está en casa que es donde tiene que estar, y no jugando por ahí como una salvaje. No me vengas con tonterías, Celia, que sabes que no las aguanto. Lo sano no es saltar a la comba ni cuchichear con las otras crías, lo sano es ayudar a una madre que bastante trabajo tengo yo en casa. Encima que la dejo ir al colegio, total, para lo que le sirve, con lo boba que es. De dura nada, Celia. Realista, lo que soy es realista. Ya me hubiera gustado que me dijeran las verdades a mí a la cara en lugar de llenarme la cabeza de nubes para luego acabar como una esclava limpia que te limpia un maldito caserón de pueblo. Y puedo ir a la compra porque ella está haciendo la cena, que si no… ¿peligrosos los fuegos para una niña de diez años? Uy, ya quisiera verte yo manejar los pucheros con la soltura de mi hija, ya. Hoy cenamos estofado, con eso te digo todo.

Pues claro que dejarás de ir a clase después de este año, hija, pero qué te has creído, a ver, de qué te valdría si total, no tenemos dinero para mandarte a la universidad y además, aquí con la casa de huéspedes tienes el futuro asegurado. Ya quisieran muchas ser independientes como tú. Ah, ¿es que te sientes atada a mí? Mira, cuando quieras coges la puerta y te vas, pero te digo una cosa, aún no eres mayor de edad y sin nuestra ayuda no sé cómo te las vas a arreglar, porque, por supuesto, no esperes nada de nosotros si te marchas. ¿Qué te crees, una señorita de ciudad? Y dudo mucho que encuentres un novio, siento ser brusca pero no me has salido muy agraciada y los hombres ya sabes que se fijan mucho en esas cosas. Tú termina el curso y luego ya sabes, a trabajar. Y no me mires con esa cara de cordero degollado porque a mí plim, hija, a mí plim.

Y ahora en tu lecho de muerte vienes a decirme que he tratado muy mal a mi hija, anda por Dios, qué caradura tienes. Tú que la has ignorado toda tu vida, hola, caliéntame la comida, pon el telediario, buenas noches y para de contar. Yo la he criado, le he enseñado todo lo que sabe, viejo estúpido. Sí, la he pegado mucho, y es por eso que no se nos ha despendolado, que no se ha ido por ahí con cualquiera, es por eso que te ha cuidado hasta hoy y me cuidará a mí hasta que me muera. La he pegado mucho y más zapatillazos le debería dar, que es una ingrata, siempre con la cara larga, pero si el día de mañana se va a quedar con la casa de huéspedes, qué más quiere.

Gracias por venir a visitarme, Celia, la verdad es que casi nadie se pasa por el cuarto de una vieja moribunda, parece mentira, con lo que he hecho yo por este pueblo, sin mi casa de huéspedes pocos comercios estarían hoy en pie, sabes que tengo razón. Aunque todo eso poco importa ya, que esta ingrata hija mía, aprovechando que me cuesta moverme y que cada vez me falla más la cabeza, ha desmantelado toda la casa y no sé qué cosa quiere hacer de mujeres raras aquí, ya sabes que esta niña ha sido siempre demasiado feminista, es que la tenía que haber dejado tener algún novio, pero qué iba yo a saber, Celia, qué iba yo a saber… Muchas gracias por venir a visitarme, la verdad es que casi nadie se pasa a verme, parece mentira, con lo que he hecho yo por este pueblo, sin mi casa de huéspedes…

II

--¿Qué pasa, Clara? –Virginia se acercó a la anfitriona al ver el terror que mostraba su expresión. Puso las manos sobre sus hombros y repitió- Dinos, ¿qué es lo que han visto Karen y Olatz?

            Clara trató de recomponerse. Carraspeó e intentó reírse, pero su voz temblorosa delataba su verdadero estado de ánimo:

--Es… el fantasma de Villa Woolf, ya os lo dije. –Cogió una vela y se puso en pie- Si me disculpáis, ahora mismo vuelvo.

            Virginia se interpuso en su camino.

--De eso nada. Mira, no creemos en fantasmas, pero tampoco es divertido estar a oscuras en este pueblo perdido y que nos intentéis gastar una broma Marcos y tú. Es que no tiene nada de gracia.

            Clara había vivido esta situación muchas veces, y siempre había logrado convencer a sus invitadas con alguna mentira, pero se sentía devastada por el abandono de Carmen y agotada de vivir ocultando siempre la verdad. Así que apartó a Virginia de su camino mientras decía:

--De acuerdo, os confesaré mi secreto. –Desde el umbral de la puerta del comedor, gritó- ¡Madre! ¡Ruth! ¡Venga!

            De pronto, en medio de la oscuridad se dibujó una figura blanca. Todas gritaron.

--¡Es lo que vi a través de la ventana! –exclamó Karen.

            Olatz asintió.

--Es lo que vi en el pasillo.

--Es mi madre, doña Ruth –explicó Clara, abatida.- O lo que queda de ella, pues ha perdido totalmente la cabeza y ha adelgazado tanto que parece un esqueleto. –Todas miraron a esa pequeña mujer que Clara cogía de una de sus muñecas. Intentaba zafarse de la mano de su hija sin éxito. Los ojos le daban vueltas y de la boca salían babas y un extraño y quedo gemido.- La oculto a las invitadas porque, como comprenderéis, nadie querría venir de vacaciones aquí si supieran que hay una loca en el ático… Me invento lo de que Villa Woolf tiene un fantasma por si alguien escucha sus ruidos en algún momento…

--¡Oh! –Susi aplaudió- ¡Es como si estuviéramos dentro de la novela de Jane Eyre! La mujer del señor Rochester escondida en una alcoba del último piso… -Cuando vio la mirada fulminante de sus amigas, Susi contuvo su entusiasmo. Solo Virginia había esbozado una tímida sonrisa ante su comentario.

--Pensad lo que queráis –dijo Clara con la voz triste.- La verdad es que ya estoy harta de todo. Fui una esclava de mi madre en su cordura y ahora lo soy también en su enajenación. –Puso su brazo por encima de los hombros de la anciana enjuta- Vamos, madre, la llevaré a su cama. Ah, bien, ya ha vuelto la luz. Podéis coger algún juego. Ahí tenéis el Trivial, el Pictionary, el Monopoly… Y si no, ya sabéis donde está la tele. Enseguida os serviré el café y las copas.

III

Con la muerte de Ruth, Doña Celia acababa de conseguir el título de la mujer más vieja de Navas de la Princesa. Ese lunes por la mañana se despertó con el ruido del teléfono. Un periodista local quería entrevistarla. Sabía que conocía a las familia de la casa de huéspedes –villa algo, como la llamaban ahora, un nombre raro- de toda la vida. Ya se imaginaba lo que iban a preguntarle. Lo mismo que a su nieto Marcos el día anterior. Que si creía que Ruth había sido apuñalada por su hija Clara, que si tenía idea de dónde podía haber huido esta… ¿Pero qué iba a saber? Lo único de lo que tenía certeza es que ella no hubiera aguantado tanto como la pobre Clarita, toda la vida esclavizada por esa malvada mujer. Pero claro, eso no podía decirlo porque a lo mejor se creían que la asesina era ella.

            La Guardia Civil acababa de dejar marchar a las madrileñas. Mientras hablaba con el periodista las vio desfilar hacia la parada de autobús. Todas tenían ojeras. No habría sido ninguna de ellas, eso seguro. ¿Para qué iban a querer matar a una vieja de pueblo esas mujeres tan sofisticadas? Además, estos asuntos siempre quedaban en familia, en los sitios tan pequeños siempre era cosa de alguien de tu misma sangre. ¿Se acostarían juntas? ¿Quién con quién? Todos creían que la gente de pueblo era tonta, pero ella sabía de lesbianas, en Navas de la Princesa habían existido de siempre. Mª José y Beatriz en el pantano en pleno invierno, Carlota que bebía en el bar con los hombres… Pero ella estaba convencida de que ninguna de las madrileñas había matado a Ruth, aunque hubieran hecho bien, que a la mala hierba hay que ayudarla a morir.

IV

--Por fin, por fin, por fin… -Jacobo se abalanzó sobre Virginia y la cogió en brazos.- ¿Pero dónde te habías metido, perra? ¡Que te he llamado mil veces!

            Virginia dejó su mochila en el suelo, se quitó la gorra y se lanzó en el sofá.

--Larga historia, querido, con asesinato y todo. Te la cuento si me pones ahora mismo un café triple.

            Jacobo se dirigió a la cocina con su caminar amanerado. Virginia no pudo evitar sonreír al mirarle. Por fin estaba en casa.

--¿Por qué no has cogido el teléfono en todo el fin de semana?

--En ese jodido pueblo no había cobertura, tío.

--Pues te ha estado llamando una mujer de una editorial, ha dejado un mensaje en el contestador.

--¿Qué? –Virginia se levantó de un salto y se abalanzó sobre la máquina. Apretó un botón y se escuchó una voz femenina.

--Este es un mensaje para Virginia Gutiérrez. Soy Marga López de Ediciones Leta. Quería hablar contigo sobre la novela que nos has enviado. Estamos bastante interesados en publicarla. Por favor, llámame lo antes posible al 649…

            Virginia no se lo podía creer. Miró a Jacobo, que sonreía apoyado en la puerta de la cocina, con una taza de café en la mano.

--¿Es una broma? –preguntó a su compañero de piso con la poca voz que le restaba.

--¿Pero tú te crees que soy tan cabrón?

            Virginia sacó su móvil del bolsillo y marcó el número de Marga López con los dedos temblorosos.

--Hemos quedado mañana –anunció nada más colgar, con los ojos brillantes.- Tengo que llamar a Susi para contárselo.

            Jacobo puso cara de indignación.

--¿Te van a publicar un libro y eso es todo lo que se te ocurre decir, que tienes que llamar a Susi? Vamos, nena, espabila, estás loca por ella. O se lo dices ya o acabarás estallando. ¿Pero a qué esperas? Si tú te metes a todas las chicas increíbles de Chueca en el bolsillo, no sé por qué precisamente con Susi, que no es ninguna tía buena, eres tan remilgada…

--Ella es distinta, Jacobo. –Virginia suspiró.- Para mí es perfecta. –Recobró la compostura.- Bueno, tío, no me amargues la vida, que acabo de recibir la noticia más importante de todos los tiempos.

            Justo cuando acercaba la mano al auricular, el teléfono comenzó a sonar. Virginia descolgó esperando que fuese Susi, que ya la echaba de menos.

--¿Sí, dígame?

--¿Virginia? Soy Clara, de Villa Woolf. Perdona que te llame, pero tenía la reserva de Internet que hizo Lola con todos vuestros teléfonos en el bolso y tú eres la única que he encontrado en casa…

--¿Clara? ¿Pero dónde estás? ¿Sabes lo que le ha pasado a tu madre? ¿Has sido tú? ¿Pero por qué te escapaste en medio de la noche?

--No me grites, por favor. No tengo a dónde ir. Estoy en la estación de Atocha. ¿Podrías venir a buscarme? No conozco a nadie en Madrid. Ayúdame, por favor…

CONTINÚA EL MIÉRCOLES 13 DE MAYO

Tengo una corazonada

Ambiciona honor, no honores (Francesco Guicciardini)

Pues yo estoy completamente en contra de que las Olimpiadas de 2016 se hagan en Madrid. Me tacharán de rara, que por aquí todo el mundo anda emocionado con la visita del COI, pero nunca me ha gustado formar parte de un rebaño y sí decir lo que pienso (obviamente, no soy la única que opina de esta forma, aunque a veces hablando con la gente me dé esa impresión).

Y pienso que ojalá fuera todo tan bonito como lo pintan. Que el deporte fuera una forma de unir los pueblos y de fomentar la vida sana, que unas Olimpiadas proporcionasen solo cosas buenas a la ciudad donde se celebran, pero no, la realidad no es así.

Tenemos un alcalde, Alberto Ruiz-Gallardón, para quien la construcción de una carísima Villa Olímpica (900 millones de euros aproximadamente) y todo lo que tenga que ver con la posibilidad de los Juegos en Madrid para 2016 se ha convertido en una obsesión que casi roza la vergüenza masturbatoria. Ahora que los miembros del COI están en la capital, ha concentrado a gran parte del servicio de limpieza urbana alrededor de su hotel y de los lugares que visitan. Además, tiene la desfachatez de pedirnos que sonriamos si nos encontramos al comité por la calle.

Esta ciudad que va a desembolsar millones –por medio de los impuestos que van a pagar sus habitantes, sobre todo) ha sufrido severos recortes en educación pública. Mi cuñada trabaja en una escuela infantil y el número de niños de 2 años que tiene este curso casi ha duplicado a los del pasado, por poner un ejemplo. Estamos hablando de una ciudad donde las salas de urgencias de los hospitales públicos son una vergüenza. Donde en horario escolar, cuando se supone que está prohibido por ley, hay menores de edad corriendo y robando por las calles sin que nadie se ocupe de devolverlos a sus clases y de buscar a los adultos responsables de su explotación (porque está claro que lo que roban se lo dan a un adulto que les espera agazapado en alguna parte). Donde todavía hay poblados chabolistas. Donde la crisis ha hecho mella en tanta gente que está en paro o ahogados en su hipoteca. Donde la especulación urbanística se ha traducido en miles de pisos vacíos y de personas sin hogar. Donde faltan parques, y centros cívicos en los cuales gente de todas las edades pueda acceder a distintos cursos y actividades, donde no hay suficientes colegios públicos y sí demasiados concertados religiosos, donde el tráfico y la contaminación resultan asfixiantes… Suma y sigue.

Pero parece ser que Gallardón piensa que nos sobra el dinero.

Y repito, ojalá todo fuera tan bonito como quieren hacernos creer. Los países unidos en una sana competición, espectaculares shows que muestran la cultura y las tradiciones del país donde se celebran los Juegos Olímpicos, una apertura de mente para todas y todos… los medios de comunicación, los políticos de toda tendencia, multitud de personajes públicos parecen empeñados en hacernos creer en esta infantil quimera cuando la verdad es otra.

La verdad es que quienes se lucran con las Olimpiadas son las grandes multinacionales capitalistas que compran espacios publicitarios, como las marcas de refrescos de cola más famosas, las cadenas de hamburgueserías más conocidas, las compañías de teléfonos móviles y todas esas corporaciones que supongo que os podéis imaginar. Se lucran también los que son ya ricos en el país anfitrión, pero no el ciudadano de a pie –los Juegos generan empleo, sí, pero no tanto y la mayoría temporal-, ése se queda igual o peor, puesto que tiene que pagar más impuestos que antes. Eso o el dinero público destinado a otras cosas más importantes pasa a dedicarse al evento por antonomasia.

La verdad es que la mayor parte de las instalaciones de los Juegos Olímpicos son privatizadas tras el acontecimiento, para disfrute tan solo de una élite, después de haber sido edificadas con el dinero de todos los contribuyentes. Así ha sucedido en la mayor parte de ciudades anfitrionas. En el caso de Pekín, por ejemplo, los constructores privados tendrán la gestión de las instalaciones olímpicas durante tres décadas.

Por supuesto, ni que decir tiene que para construirlas muchas veces se destruyen barrios enteros y se confiscan tierras (una vez más, tenemos reciente en el recuerdo el caso de Pekín 2008).

Pero todas estas razones y más podéis encontrarlas a solo un clic en Internet, no es difícil. Soy consciente de que las Olimpiadas en Madrid modernizarían la ciudad de muchas maneras. Pero personalmente, no quiero una ciudad superfashion de la muerte. A mí me gusta mi ciudad castiza llena de barrios de toda la vida, esta capital que es al mismo tiempo cosmopolita y de pueblo, estos pocos pedacitos de vida auténtica que aún no se han comido las tiendas para anoréxicas y demás cadenas.

Y todo ese dinero que se va a destinar a las Olimpiadas si nos las dan, bueno, yo lo cogería y lo invertiría en educación, en espacios verdes, en centros culturales… entonces sí que se unirían los pueblos, entonces sí que mejorarían las cosas por aquí.

Señor alcalde, hacer de toda una ciudad su revista porno manoseada algún día le va a costar caro, que si la justicia no funciona siempre queda la conciencia, y usted sabe que en el fondo no le importa una mierda la gente ni Madrid, solo satisfacer ese ego gigante que tiene. Mejor váyase a un kiosco cercano, pídase una Penthouse y déjenos vivir.


El vídeo que ha hecho Gallardón para que se nos salten las lagrimitas

miércoles, 29 de abril de 2009

A LAS OCHO DONDE SIEMPRE, serial bollo (I)

CAPÍTULO UNO: LA CASA DE LOS ESPÍRITUS

I         

Cuando la avioneta despegó, dio la impresión de que las nubes se apartaban temerosas. La máquina blanca, que cada vez iba haciéndose más pequeña, contrastaba con un cielo tan azul que parecía recién sacado de la lavadora y puesto a tender en las cuerdas de la inmensidad.

La inmensidad de la vida siempre había apabullado a Clara, pero de alguna forma Carmen había hecho más llevadera la cotidianidad en un mundo que no sentía hecho a su medida. Durante los meses que habían estado juntas creyó encontrar su hueco y no se sintió tan gorda, tan torpe y tan boba como solía pensarse. Tan gorda que se veía forzada a buscar camisetas en la sección premamá de las tiendas –y a disimular que estaba comprando un regalo para alguna amiga embarazada si se encontraba con un conocido-, tan torpe que no había día en que no se le cayese una taza o no tropezarse con algo. Tan boba porque balbuceaba cuando alguien le pedía su opinión y solo más tarde, cuando se quedaba sola, se le ocurría la respuesta ideal, el comentario más ingenioso o acertado.

Pero Carmen la había encontrado perfecta. Carmen la actriz, que hasta había quien la paraba por la calle porque la reconocía de la serie esa de después de comer en el canal autonómico. Carmen tan llena de glamur, la única persona que conocía que tenía un maletín de maquillaje del tamaño de una maleta.

Carmen se había fijado en ella y no en otra aquél fin de semana que pasó en la casa rural. Aunque suene a tópico, la conquistó por el estómago. “Haces los mejores espaguetis a la carbonara que he probado en mi vida”, le dijo delante del resto de los huéspedes, con un tono tan sensual que le puso la piel de gallina y rozando con su mano la de ella. Cuando el fin de semana había terminado y todos se marchaban, Carmen entró en el despacho de Clara, que estaba preparando los recibos. “Quiero que me cuides, que me sigas haciendo espaguetis”. Y la besó. Tan sencillo como eso.

Clara siempre había creído que la suya era la historia de amor más bonita del mundo, pero ahora se preguntaba si Carmen había necesitado simplemente un lugar donde recobrar fuerzas cuando terminó el rodaje de su serie, si tal vez se trataba de una listilla que había vivido de gorra en su casa rural durante una larga temporada.

Pero no, aquellas noches, aquellos paseos… todo eso no podía ser mentira.

Allí iban todas aquellas noches y todos aquellos paseos, viajaban junto con el maletín de maquillaje en el compartimento que había sobre Carmen, quien seguramente estaría hojeando la revista que se acababa de comprar con la indiferencia de alguien que simplemente había estado representando un papel.

El pequeño aeropuerto entre las montañas se había quedado silencioso ahora que ya no se escuchaban ruidos de motores. Clara entró en su jeep y decidió no secarse las lágrimas hasta llegar a Villa Woolf. A lo mejor tenía un accidente y acababa con todo de una vez.

Lo único que le consolaba era que tenía trabajo. Era viernes y llegaba un grupo de ocho madrileñas a disfrutar de su casa rural de temática lésbica. Marcó un número en su móvil.

--Marcos, por favor, súbeme diez barras de pan y tres paquetes de café. Ah, y compra también unas cuantas velas. Parece que esta noche va a haber tormenta y ya sabes que solemos quedarnos sin luz.


II

            Para alivio de todas, el autobús había terminado de atravesar el puerto y circulaba por una carretera más ancha.

--Casi me da un ataque al corazón –dijo Susi resoplando sobre el libro que tenía abierto en su regazo.- ¡Menudos precipicios!

--Joder, ¿pero a dónde nos llevas, Lola? Este sitio seguro que no sale ni en el mapa –protestó Virginia.

--Yo lo he mirado en Internet y promete –Olatz rebuscó en su mochila hasta que encontró un papel arrugado que había imprimido el día anterior en el trabajo-. La web dice que tienen todas las temporadas de The L Word y una pantalla de plasma enorme. ¡Podíamos darnos un atracón de capítulos!

--Oye, que yo no me he recorrido cientos de kilómetros para ver la tele –protestó Olga.

--Chicas, haya calma –Lola se rió- estoy segura de que nos va a gustar. Unas chicas que conocí cuando estuve por la zona haciendo alpinismo me hablaron de Villa Woolf y de lo mucho que su dueña se esforzaba en entretener a sus invitadas con un montón de actividades. Además, por lo visto se come fenomenal.

--Al fin y al cabo, lo que queríamos era desconectar un poco de la ciudad, ¿no? -Olatz cerró su mochila- pues seguro que aquí lo conseguimos.

            El renqueante autobús se detuvo en una parada –más bien un banco de madera bajo un pequeño tejado- y el conductor gritó: “¡Esto es Navas de la Princesa!”

--¡Nuestra parada! –exclamó Lola. Recogieron sus bártulos a toda prisa y se apearon del autobús.

            Cuando el vehículo se alejó de ellas, se sintieron algo desamparadas en medio del campo, en un lugar donde no parecía haber más vida humana.

            Allí de pie, las ocho mujeres formaban un grupo peculiar. Virginia, mascando chicle y con esa actitud de chica dura que volvía locas a todas, se ajustó la gorra y cerró los ojos, como si nada de lo que hubiera a su alrededor le interesase ni lo más mínimo. Susi y su eterno gesto de subirse las gafas. Todo en ella era alargado: sus manos, su nariz, incluso sus dientes. Como siempre, llevaba la mochila a rebosar de libros, no fuera a ser que le apeteciese leer uno que no hubiese traído. Olatz, que llevaba una camiseta reivindicativa –tenía una amplia colección de ellas que abarcaban desde los derechos del colectivo LGBTQ hasta la libertad de los pollos-, miraba a su alrededor buscando algún letrero. Olga le daba la mano a Karen, su novia camerunesa. Inés y Carlota probaban sus móviles a ver si conseguían cobertura. Probablemente querían llamar a los padres de Inés, que se habían quedado cuidando de la hija de ambas, Tian Fu. Lola miraba el reloj con impaciencia, pues al haber sugerido la escapada, se sentía responsable de que esta saliese bien.

            No tardaron en escuchar el ruido de una furgoneta que se detuvo delante de ellas.

Un muchacho de unos veinte años se asomó por la ventanilla.

--Hola, soy Marcos, de Villa Woolf. ¡Subid, chicas! No os ayudo con las maletas porque más de una ha querido darme una paliza por hacerlo, ja ja ja.


III

--Bueno, la habitación no está nada mal –comentó Olga con aprobación.

--Y la cama es grande –Karen se lanzó sobre la colcha. Olga no tardó en imitarla.

--¿Empezamos a fabricar el bebé? –preguntó.

--¿Cómo que “empezamos”? –Karen se rió- ¿Qué pasa, que el dinero que le hemos pagado ya a la clínica de fecundación no te ha parecido un buen comienzo?

            Olga sonrió.

--Creo que la siguiente vez que te inseminen vas a tener suerte y te vas a quedar embarazada, mi amor. Por eso este fin de semana debes aprovecharlo para relajarte y desconectar de todo.

--Bueno, espero poder relajarme después de lo que nos ha contado Clara, la dueña.

--¿Eso de que en la casa hay un espíritu? Vamos, Karen, que seguro que lo ha dicho para crear un poco de ambiente. ¿Cómo puedes creerte una cosa así?


IV

--La cena estaba deliciosa, Clara, ¡muchísimas gracias! –Carlota se frotó la tripa.

            Clara sonrió tímidamente.

--Si alguien quiere desabrocharse el botón del pantalón, estáis en vuestra casa.

            Pensó que iban a creer que lo decía porque era ella la que necesitaba hacerlo, pero todas se rieron. Les había hecho mucha gracia el comentario y procedieron a seguir su consejo. Clac, clac, sonaban los botones.

            Justo en ese momento se escuchó un trueno.

--Voy a traer las velas –Clara se levantó- por si acaso se va la luz, suele pasar cuando hay tormenta.

            Dicho y hecho, justo cuando Clara regresaba a la mesa se quedaron sin electricidad. Encendieron las velas. Todo tenía un aspecto extraño y amarillento.

            Karen lanzó un chillido.

--¿Pero qué pasa, cariño? –le preguntó Olga, alarmada.

--He visto pasar a alguien por esa ventana –señaló un cristal lleno de gotas de lluvia que daba al oscuro campo.

--Imposible, ¡con esta lluvia! –dijo Inés.

--Tal vez se trate de Marcos –sugirió Susi.

--Imposible –negó Clara- le dije a Marcos hace horas que podía marcharse a casa.

--Cielo, creo que estás sugestionada por eso que nos ha contado antes Clara de que la casa tiene un espíritu –comentó Olga.

--Bueno, a lo mejor es eso –Karen temblaba de pies a cabeza.

            Esta vez fue Olatz la que gritó.

--Os juro que he visto a alguien pasar por ahí –señaló el pasillo.

--Joder –dijo Clara, llevándose las manos a la cabeza en un gesto desesperado – No, por favor, que no vuelva a pasar…

            Las ocho invitadas la miraron con preocupación. En los ojos de la dueña de Villa Woolf había verdadero pavor.

CONTINÚA EL MIÉRCOLES 6 DE MAYO

domingo, 26 de abril de 2009

¿DEPRIMIDA PORQUE HA TERMINADO THE L WORD?

No te preocupes.

Los miércoles tendrás tu dosis de tortilla en La Letra Escarlata porque empieza

EL SERIAL BOLLO.

Amor, desamor, risas, lágrimas y hasta algo de miedo…

Parejas eternas, abejas de flor en flor, bollomadres, activistas…

Todos los colores, tamaños y sabores.

EL SERIAL BOLLO.

Capítulo piloto el miércoles 29 de abril en La Letra Escarlata.

¿TE LO VAS A PERDER?

miércoles, 22 de abril de 2009

America the Free

La homofobia es precisamente eso, una fobia o miedo irracional (George Weinberg, psicólogo a quien se le atribuye el uso por primera vez del término homofobia)

Annie Leibovitz, una de las fotógrafas más importantes a nivel mundial, tiene problemas económicos, según hizo público en el mes de marzo. De hecho, no ha tenido más remedio que vender los derechos de muchas de sus famosas fotografías. La revista Advocate explica por qué.

Leibovitz recibió una gran herencia de su pareja de toda la vida, la genial escritora Susan Sontag, quien murió en 2004. Lo que pasa es que las parejas del mismo sexo no están protegidas a nivel federal en Estados Unidos. Por tanto, Leibovitz ha tenido que pagar un 50% del valor de los bienes inmueble que ha heredado de Sontag, además de otros impuestos que no se cobran a las parejas de distinto sexo. Este 50% es lo que la comunidad LGTBQ estadounidense llama el gay tax (impuesto gay, aunque yo diría más bien impuesto antigay). Según Advocate, a diferencia de los miles de dólares que se ha visto obligada a desembolsar Leibovitz, una viuda heterosexual hubiera tenido que pagar… cero dólares.

Sontag por Leibovitz
Leibovitz por Sontag